Sobre la neutralidad de Fernando H. Cardoso. Atilio A. Boron

Escribo estas pocas líneas conmovido y desde el corazón. No alcanzo a comprender cómo quien fuera maestro de toda una generación de sociólogos, politólogos y economistas de América Latina y el Caribe hoy prefiere mantenerse en silencio ante la trágica opción que enfrentarán los brasileños el próximo 28 de Octubre: restaurar la dictadura, bajo nuevos ropajes,  o proseguir la larga y dificultosa marcha hacia la democracia. Para justificar su actitud declaró a los medios que “de Bolsonaro me separa un muro y de Haddad una puerta.”

Conmovido, decía, y asombrado. Porque, ¿Cómo es posible que quien fuera una de las más brillantes mentes de las ciencias sociales desde comienzos de los años sesentas del siglo pasado pueda mostrar tal desinterés cuando lo que está en juego es o bien el retorno travestido de la dictadura militar (que luego del golpe de 1964 lo obligó a exiliarse en Chile) o la elección de un político progresista, heredero de un gobierno que, con todos sus defectos, fue quien más combatió la pobreza en el Brasil, incluyó social y económicamente a decenas de millones de brasileñas y brasileños hasta entonces postergados y humillados, creó el mayor número de universidades de la historia de su país y todo lo hizo en un marco de irrestrictas libertades civiles y políticas? Quienes fuimos sus alumnos en la FLACSO de Chile, deslumbrados con sus brillantes clases sobre el método dialéctico de Marx y las enseñanzas de quien a su vez fuera su maestro, Florestán Fernándes; o cuando disertaba sobre la teoría de la dependencia mientras escribía su texto fundamental con Enzo Faletto; o cuando diseccionaba con la sutileza de un eminente cirujano la naturaleza de las dictaduras en América Latina; quienes asistimos a sus clases no podemos sino sumirnos en la perplejidad ante su silencio en lo que sin dudas es una de las coyunturas más críticas de la historia reciente de Brasil. Quienes tuvimos la suerte de enriquecernos intelectualmente con sus lecciones no podemos creer las noticias que nos llegan hoy de Brasil y que informan de su escandalosa abstención. Y cuando aquellas se confirman, como ha ocurrido en estos días, lo hacemos con el corazón sangrante.

¿Cómo olvidar de que fue  Fernando Henrique quien aquellos años finales de los sesentas nos ayudó a sortear las estériles trampas del estructuralismo althusseriano, moda que estaba haciendo estragos en Chile. Después, desde mediados de los setentas y a lo largo de los ochentas fue la voz de la sensatez y la sensibilidad histórica que obligó a algunos “transitólogos” deslumbrados por la politología de la academia estadounidense a revisar sus ingenuas interpretaciones y expectativas sobre las nacientes democracias latinoamericanas. Recordamos como si fuera hoy sus advertencias diciéndole a sus colegas que en Nuestra América el “modelo de La Moncloa”  -erigido como el arquetipo no sólo único sino virtuoso de nuestra todavía inconclusa “transición hacia la democracia”-  debería enfrentar enormes dificultades para reproducirse en el continente más injusto del planeta. Y sus previsiones fueron corroboradas por el devenir histórico: ahí están nuestras languidecientes democracias, incumpliendo sus promesas emancipatorias, impotentes para instaurar la justicia distributiva y cada vez más vulnerables a la acción destructiva del imperio y sus lugartenientes locales. Democracias, en suma, en rápida transición involutiva hacia la plutocracia y la neocolonia. Fue Cardoso uno de los principales animadores del Grupo de Trabajo sobre Estado de CLACSO que se creara a comienzos de los setentas, y su espíritu crítico y su fina ironía orientó buena parte de las labores de ese pequeño conjunto de colegas. Tanto en las discusiones sobre la transición a la democracia y la naturaleza de las dictaduras que asolaron la región siempre usted decía que sin una reforma profunda de las desigualdades del capitalismo latinoamericano sería “imposible suprimir el olor a farsa de la política democrática”. Y allí también la historia avaló sus anotaciones.

Más allá de sus errores y limitaciones la experiencia de los gobiernos de Lula y Dilma avanzaron, si bien con demasiada cautela, en la dirección que usted nos señalaba. ¿Que en esos gobiernos hubo corrupción, que aumentó la inseguridad ciudadana, o que algunos problemas no fueron encarados correctamente, o inclusive se agravaron? Es cierto. Pero nada de esto constituye una novedad en la historia brasileña o un producto exclusivo de los gobiernos del PT,  y usted como analista tanto como en su calidad de ex senador, ex ministro y ex presidente lo sabe muy bien. Pero aún si estas críticas fueran ciertas –cosa sobre lo cual no viene al caso expedirse en estas líneas- ellas son “peccata minuta” ante el peligro que acecha a Brasil y a toda América Latina. Y el viejo maestro, con su inteligencia, a esta altura de su vida no puede arrojar por la borda todo lo que enseñara sobre la democracia y las dictaduras. No puede cometer el que, sin duda alguna, sería el mayor error de su vida, que arrojaría un ominoso manto de sombra no sólo sobre su trayectoria intelectual sino también sobre su propia gestión como presidente de Brasil.

¿Qué hay una puerta entre usted y Haddad? Bien, pero el candidato petista ya lo invitó a pasar. Abra esa puerta y entre, porque aquel muro que lo separa de Bolsonaro no sólo caerá encima de las clases y capas populares de Brasil sino también sobre su cabeza y su renombre. Nadie le pide que apoye incondicionalmente a lo que hoy, le guste o no, representa una opción democrática, la única opción democrática, frente a la monstruosa reinstalación de la dictadura militar por la vía de un electorado manipulado como jamás antes en la historia del Brasil. Que la fórmula Haddad-D’Avila sea la única opción democrática en las próximas elecciones no sólo es producto del empecinamiento de los gobiernos del PT. Usted fue presidente, por ocho años, y algo de responsabilidad le cabe también por esta imposibilidad de construir una alternativa más atractiva. Su delfín, Geraldo Alckmin, tuvo un desempeño catastrófico.  Por eso un hombre como usted no puede ni debe permanecer neutral en esta coyuntura. Sus pasiones y su ostensible animosidad hacia Lula y todo lo que él representa no pueden jugarle tan mala pasada y nublar su entendimiento. Usted sabe que la victoria de Bolsonaro dará luz verde a sus tropas de asalto a la democracia, la justicia, los derechos humanos, la libertad, tropelías que para espanto de la población ya prometen y anuncian sin tapujos a través de la prensa y las redes sociales en Brasil.

 

¿Cómo puede usted declararse prescindente en esta batalla crucial entre dictadura y democracia? A veces la vida nos coloca en estas incómodas encrucijadas, y no queda hay otro remedio que elegir y actuar. Recuerde que Dante, en La Divina Comedia, reservó el círculo más ardiente del infierno a quienes en tiempos de crisis moral optaron por la neutralidad. Usted, por su historia, por lo que hizo, por su magisterio, por la memoria de sus propios maestros no puede sino oponerse con todas sus fuerzas a la re-encarnación de la dictadura bajo el mascarón de proa de un político mediocre y reaccionario que ni bien instalado en el Palacio de Planalto será fácil presa de los actores más siniestros del Brasil.  Su nombre, Fernando Henrique, no debe quedar inscripto entre los cómplices de la tragedia en ciernes en Brasil. Créame si le digo, siendo fiel a sus enseñanzas, que a diferencia de Fidel si usted persiste en esa indolencia, en esa neutralidad,  en esa incomprensible dejadez, la historia no lo absolverá sino que lo condenará. Contribuya con su palabra a que su país sortee el peligro del inicio de un nuevo ciclo dictatorial que sólo agravará los problemas que hoy atribulan al Brasil. Y luego, despejada esa amenaza, discuta sin concesiones como mejorar la democracia en su país. Pero primero asegure que su pueblo no volverá a caer en los horrores que con tanta fuerza usted condenó en el pasado. Su silencio, o su abstención, serán implacablemente juzgados por los historiadores del futuro, como ya lo son hoy por sus asombrados contemporáneos que no pueden entender las razones de su silencio. Tiene poco tiempo para evitar tan triste final. Ojalá su inteligencia prevalezca sobre sus pasiones.

 

 

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